Cuando me encontré solo en mi habitación, una vez que mi mujer había regresado a su casa, pude conversar conmigo por primera vez desde que terminó todo, ya tranquilo y sin temor. Y, entonces, llegué a la conclusión con la que hoy sigo de acuerdo. Y es que finalmente —y a pesar de haber corrido riesgo de ser elevado por una luz violeta, de haber escuchado música que provenía del cielo, de haber viajado ida y vuelta hacia Santa Teresita en quince minutos, de haberme convertido en auto de fórmula uno y en zombi, de haberme movilizado teletransportándome, de haber visto fuego y dragones en los carteles con la numeración de Rivadavia, de haber sido acechado por bestias criminales y fantasmas malditos, de haber sido atacado por un lobo, de haber visto a un amigo deformado en un balcón que no existe, de haberme encontrado desnudo y violado en la calle, de haber escuchado un llanto de bebé irreal y de haber sentido que mi corazón reventaría—, finalmente, con una sonrisa de nene travieso y con la alegría de haber vivido una aventura de la que salí ileso y que, sentía entonces, modificó mi capacidad de percepción para siempre; finalmente, con un sabor de triunfo y maravilla por lo experimentado que me inundaba el interior de mis carnes; finalmente, con la sensación de haber atravesado por una peripecia extraordinaria y memorable por siempre, me dije sonriente que disfruté haber tomado ácido. Y que, tarde o temprano, volvería a hacerlo. Aunque, eso sí, en un lugar más tranquilo, menos peligroso. Con casco. Y, si me la presta, también con la cuchilla gigante de Tío Ricky.
![]() |
| Click sobre el dibujo para ver en tamaño original. |
